Editorial

Un año sin el Pelado Sale

Cuando se retiró Manu Ginóbili, Gonzalo Bonadeo contó alguna experiencia suya con el ídolo. O sea, para hablar de Manu, habló de él. Típico de alguien con un ego grande como este país. Caeré en el mismo pecado para hablar de Raúl Sale, de quien se cumple hoy un año de su fallecimiento.

Compartí tres etapas laborales con él como referencia. En el año 97 fue quien me recibió en el diario Noticias mientras yo terminaba quinto año y me preparaba para estudiar periodismo en La Plata. Cara de pocos amigos, era un hombre más bien parco y exigente. Escribía en la sección Viedma y monitoreaba Deportes, cuyo capanga era Julio Morales. De pocos intercambios, un domingo no pude ir a cubrir un partido del fútbol barrial por el fallecimiento en accidente cardiovascular y automovilístico (las dos cosas) del padre de un amigo. Como el hecho había tomado relevancia social, era una nota para publicar. Me preguntó por las circunstancias del accidente de la ambulancia en Colón y Buenos Aires, pero yo no estaba ni enterado, no sabía de los pormenores de aquel mediodía trágico. Me reprendió con firmeza y respeto. No importaba que fuera el caso de un amigo, lo que importaba era contar en el diario qué había pasado, una versión lo más cercana posible a la realidad. Fue mi primer coqueteo con la imprescindible insensibilidad que un periodista debe tener con la muerte. Después comprendí que el periodismo, así como la ironía y hasta el humor es una coraza significativa para desdramatizar las situaciones más dramáticas que estamos obligados a contar.

Volví al diario en los últimos meses de 2001, mientras aún vivía en La Plata y ya tenía decidido dejar mis estudios a pocas materias de recibirme porque quería finalmente empezar a trabajar, volverme de la tensión permanente de una sociedad quebrada que encontraba en las grandes urbes sus características más descarnadas. Le hice dos propuestas de programas radiales con una impertinencia propia de un pendejo boludo que había leído dos libros de mierda y se creía preparado para reinterpretar a Foucault. Mi presencia no merecía siquiera la actitud de recibirme en su oficina. Crucé la puerta gigante del edificio de Caseros y México y con ese respeto distante que hacía que le tuviera, Raúl se colocó parado del otro lado de un paredoncito de Durlock de 1,40 y recibió mis dos hojitas. Leyó la primera con detenimiento en segundos que me parecieron eternos y esbozó una media sonrisa. Se trataba de un proyecto de programa de radio para los sábados a la tarde que en dos horas contaba la biografía de músicos y bandas de rock, bien matizado con su obra musical. Pasó esa hoja por detrás de la otra y su gesto cambió. Seriedad. Se encontró con el mal gusto de una propuesta de programa radial de un pibe de 20 años que pretendía conducir de 9 a 12 la mañana de la radio del medio más importante del este rionegrino. Pero eso era lo de menos. Ese espacio era ocupado por él mismo. “Esto sí, esto no”, dijo secamente. Entendí todo. El programa que hice claramente no quedó en la historia, aunque recuerdo como en cámara lenta que a los pocos segundos de mi debut absoluto como conductor de radio entró a la sala del operador y con una sonrisa gigante me levantó los dos pulgares mientras yo tenía la boca reseca del cagazo.

Ya para 2002, previa crisis casi terminal del diario, con varios periodistas echados que veían en Raúl poco menos que un demonio formé parte definitiva del staff, en la sección Deportes. Con los años, esa enorme distancia entre Raúl y los despedidos de entonces se fue achicando, incluso llegué a compartir asados con él y alguno de sus “víctimas”.

Ya como director y en 2003 me pasó a la sección Viedma y ahí me enseñó un montón de cosas. Cosas incluso con las que yo no estaba ni estoy de acuerdo en relación a las formas de hacer periodismo, pero es innegable que en su profesión fue sumamente exitoso. De hecho, el periodismo de Viedma desde fines de 2014 hasta acá, lo extraña horrores.

En aquella primera etapa las diferencias por las formas estaban tensionadas entre mi pretensión teórica y su pragmatismo animal. “Escribí sencillo”, “cambiá ese título”, “informá en la volanta, título, bajada y epígrafe, que si el lector tiene ganas se va a meter en el texto sólo”, “no podés hacer tres páginas de policiales”. Algunos de sus pedidos y reclamos. Eran órdenes de un tipo duro, se notaba su formación en el Liceo, de la que estaba ciertamente orgulloso y de donde seguramente había aprendido su contracción al trabajo. Julio Morales y el viejo Martínez viajaban a la Regata y Raúl me hacía quedar hasta las 23, 23.30 a recibir los faxes con las clasificaciones para transcribirlas en una computadora con sistema D.O.S., con fondo negro y letras cremita de las que no salimos todos ciegos de milagro. Pero no me quedaba yo sólo. El era el que me dictaba para que yo transcribiera mientras el olor a tinta y un ruido ensordecedor de la imprenta empezaba a copar la redacción.

“Raúl, Nico, el Negro Livigni me ofreció ir a trabajar al cable. Quiere que conduzca el noticiero y me ofreció 1.200 pesos. Es el doble de lo que gano acá. Si se acercan un poco, me quedo”. Apenas empezaba 2004, el Negro había alquilado la programación local en Supercanal y no sé cómo llegó hasta mí y me hizo una propuesta que económicamente era espectacular para la época. Yo quería quedarme en el diario porque cada vez me sentía más a gusto, mi relación con Raúl se hacía un poco más estrecha impulsada por Nico González y sentía que tenía mucho para crecer. Con esa expectativa los encaré a ambos en la oficina todavía sin decorar con las pinturas de sus viajes a España, pero sí con el retrato de sus hijos Vane y Santi en el escritorio. “Imposible. Andá nomás”, fue la respuesta escueta y con cara de pocos amigos.

En 2007 a Livigni se le terminó el contrato, venían dueños nuevos y la verdad que en el cable laburábamos 10 horas por día, incluyendo sábados. Aquel recambio me vino bien y sin red anuncié que dejaba el cable. El periodismo y la economía del país eran otros. Claudio Mozzoni me ofreció la corresponsalía de Canal 10 en Viedma. Duré 20 días y renuncié. Nico González me llamó para que volviera al diario. Me junté con Raúl y en cinco minutos resolvimos todo. Hacía poquito Soledad Maradona había dejado la sección Provinciales y me pidió que me hiciera cargo. Le pregunté por la colega, con quien yo no había trabajado nunca. “Es la mejor periodista que pasó por este diario”, dijo terminante, con esas sentencias inapelables que solía tener. A partir de ahí construimos un vínculo laboral mucho más sólido. En el diario trabajábamos más de 50 personas y nuestros asados eran de al menos 30. Una época maravillosa donde ir a trabajar era de un disfrute importantísimo, donde las bajas y altas temporales no hacían mella en el día a día, y hacia 2009 o 2010, o quizá 2011, ya encaramos la radio juntos, también con la ida de Nico y la llegada de Mariano Ferrari, y en esa radio nos divertimos como nunca. Entendí la importancia del humor y la descontractura para informar y opinar, aún a costa de críticas pacatas. Perdimos, junto a Raúl y Mariano, el miedo al ridículo. Y la respuesta del oyente fue fenomenal.

En las largas tardes compartidas, él en su oficina y yo en la redacción, tomábamos termos enteros de mates mientras se fumaba uno, dos, tres atados de cigarrillos. Su oficina impregnada del olor a tabaco quemado que me perseguía hasta mi casa.

Vivimos tragedias que debíamos cubrir y que recuerdo patente. Accidentes que nos hicieron viajar hasta casi San Antonio aunque nos habían dicho que había sido poco después del cruce, pero también alegrías pequeñas que se dimensionan de otra manera a la distancia. En 2012 estábamos en la redacción sin un tele como la gente y solos nos fuimos hasta mi casa a ver la pelea por el oro de Crismanich en Londres. Y nos emocionamos como dos giles con una pelea de yudo. Y al otro día la contamos en la radio como especialistas en un deporte del que no sabíamos ni de qué se trataba.

Años antes, cuando la relación no era tan fluida, mientras volvíamos en su auto de cubrir no sé qué cosa me contó que estaba enamorado. “De una mujer impresionante, inteligente, hermosa”. No dio muchas pistas y mi discreción me impidió avanzar. Nico me contó luego que se trataba de Vero. Creo que no lo blanqueó conmigo hasta un mediodía que fue con ella a mi casa a comer un asado. Cómo amó a esa mujer. La admiraba profundamente. La cuidaba en todos los ámbitos. Le provocaba orgullo. Y lo mejor es que le fue correspondido. Cómo batalló Vero junto a Raúl ese último año de sufrimiento. Es conmovedor.

Y pasaban las tardes, con las visitas de Pedro en la oficina, con sus cenas con Beto. Con nuestra pasión por los viajes. Con sus vacaciones en Chile, su admiración por Europa, sus escapadas a Brasil. Su felicidad porque Vane se recibió de abogada, su preocupación porque Santi fue a estudiar Relaciones Internacionales pero luego le gustó el periodismo, sus tatuajes de sus nietos, esos que lo sensibilizaron al punto de salirse de esa postura contracturada y mostrarse más humano. Sus relaciones periodísticas fracturadas con Jorge Ferreira, el Negro Gatica, Scalesi, a quienes sacábamos al aire pero el único que hablaba era yo.

Y hasta que una tarde de 29 de diciembre de 2014, con un calor abrazador me sentó en su oficina y me dijo algo que nunca creí que iba a escuchar: “Renuncio al diario”. En esa fecha Miguel Pichetto tenía serias chances de ganar la gobernación y lo había convocado para que le diera una mano en la prensa de la campaña. Tomé la noticia como un golpe, pero hacía rato que Raúl merecía un descanso, tener un fin de semana libre, más tiempo para sus hijos, para Vero, para sus nietos. Los resultados no fueron los esperados, pero siguió trabajando para Pichetto hasta que por un deber humano insoslayable le dijo que “sí” a Beto y tomó la secretaría administrativa del Concejo mientras despuntaba el vicio periodístico con Todo Es Política.

Poco contacto tuve ese primer año. Algunos mates en la casa, alguna visita al Concejo, hasta que en 2016 me contó aquél dolor de cabeza insoportable que lo hizo regresar rápido de unas vacaciones en Europa. “Es una enfermedad de las denominadas raras”, me explicó. Meses más tarde por otro amigo me enteré que había ido a hacerse unos estudios y una mancha en el pulmón presagiaba malos tiempos. Además, yo conocía su visión frente al cáncer: “Son dos años, podés estar un poco peor o un poco mejor, pero en dos años te morís”, me decía cuando analizaba casos de otros, por supuesto. Fui un mediodía al dúplex que alquilaba a una cuadra de la costanera. Apenas le pregunté qué tenía se arrimó al calefactor y lloró. Me salió abrazarlo. Fuerte. Creo que sabía que le esperaba una lucha durísima aunque se lo veía sumamente entero. Soy pésimo en esos momentos, pero optimista por naturaleza. Igual, algo en él le decía que no podría. Su salud se agravó, lo visité en Buenos Aires, Beto me mantuvo al tanto de todo, todo el tiempo. Volvió del Fleming y volvió a emocionarse cuando fui a su casa con Naty y Mariano. Nos regaló sonrisas, esperanza. Y me quedo con esa última imagen.

No se puede hablar del periodismo local de los últimos 25 años obviando al Pelado Sale. No se puede hablar de la historia del diario Noticias obviando al Pelado Sale. No puedo hablar de mi historia profesional y personal obviando al Pelado Sale. Como a mi vieja, me quedaron cosas (buenas y malas) por decirle. Hace un año menos un día me llamó Beto y me dijo “ya no hay nada que hacerle”. No lloré por aquella coraza que los periodistas tenemos con la muerte, y la de Raúl era una muerte que a la vez era una noticia. Él mismo nos hubiera exigido su publicación, él mismo nos hubiera pedido “hacete una columnita con su perfil”.

A los ateos se nos hace muy difícil la trascendencia. La muerte significa para nosotros el fin. No hay reencarnación, no hay alma, no hay cielo. Sin embargo, Raúl y su religiosidad contundente lo hicieron trascender, así en la tierra como en el cielo.

 

Juan Gorosito

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